¿Mozart o miedo? 

El Concierto n.º 4 en Re mayor de Wolfgang Amadeus Mozart ha acompañado a Allison Lovera desde que tenía doce años. Lo ha tocado en audiciones para universidades y orquestas. Lo ha estudiado una y otra vez. Pero nunca lo había interpretado como solista. 

“Nunca lo toqué por miedo”, dice con honestidad. “O quizás porque hay una historia que me une a este compositor desde casi siempre”. 

Esa historia comienza en lo personal. Allison creció con un padre estricto, protector y dominante, como Mozart bajo la figura de Leopold.

“Puedo relacionar mi propia historia y mis raíces culturales con mi lectura e interpretación de este concierto”, explica.

Como mujer latina, venezolana y migrante, ha tenido que encontrar la manera de pertenecer y expresar su voz en culturas donde en algún momento se sintió diferente y poco valorada.

“Tuve que probar mi valor en sistemas que no fueron diseñados para alguien como yo, y reconstruirme, adaptarme”.

En Mozart reconoce un espejo. El joven compositor que, aun siendo un prodigio, se sentía ajeno y subestimado en Salzburgo, contenido dentro de una corte conservadora mientras buscaba su independencia y libertad creativa. En esa tensión entre disciplina y autonomía, entre obediencia y voz propia, Allison encuentra una conexión profunda. 

También hay un vínculo musical. 

“La música de Mozart es extremadamente lírica”

afirma, y la conecta con los valses venezolanos de Antonio Lauro y las líneas melódicas del merengue caraqueño. Ese lirismo aparece con claridad en el segundo movimiento del concierto, con sus melodías amplias y sostenidas. 

Al mismo tiempo, recuerda que la música venezolana está marcada por ritmos complejos como el joropo y los tambores de la costa. En el tercer movimiento del concierto en Re mayor, Mozart juega con pequeños desplazamientos y contrastes rítmicos.

“Estos cambios me inspiran a interpretar la obra como si estuviera tocando la música de mi propio país”, explica la violinista. 

El concierto es, además, un intercambio constante entre la solista y la orquesta. “Es un juego de preguntas, frases y respuestas”, afirma. Y agrega, entre risas, que lo considera “el perfecto ejemplo de la personalidad exhibicionista, divertida y salvaje de Mozart”. Ese carácter no está escrito solo para la solista; la orquesta también despliega virtuosismo. 

Compuesto en 1775, cuando Mozart tenía apenas 19 años, el Concierto K. 218 forma parte de los cinco conciertos para violín que escribió en pocos meses al servicio del arzobispo Hieronymus Colloredo, en una Salzburgo conservadora que no siempre supo qué hacer con un talento como el suyo y que, entre normas y jerarquías, le imponía límites a su libertad creativa. 

Tal vez por eso, dentro de la perfección interpretativa que exige esta obra, también existe sensibilidad, ternura y un espíritu que busca expresarse. Allí aparece su parte más humana. Y es justamente esa humanidad la que hoy Allison decide acoger sobre el escenario. 
 
Este año, por primera vez, la violinista tocará como solista con la Orquesta Filarmónica de Medellín en el segundo concierto de Temporada “Identidad” el próximo sábado 18 de abril en el Teatro Metropolitano. No es solo un debut. Es una conversación pendiente entre la niña que lo estudiaba con temor y la artista que hoy lo asume como su propia historia. 

En breve 

La violinista venezolano-estadounidense Allison Lovera se ha presentado como solista en Venezuela y Estados Unidos, con orquestas como la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, y ha recibido importantes reconocimientos internacionales. Formada en El Sistema, ha integrado las filas de agrupaciones de alto nivel como Los Angeles Philharmonic y ha liderado secciones en destacadas orquestas, entre ellas la Auckland Philharmonia en Nueva Zelanda y la Orquesta de Cámara CMI en San Antonio, antes de asumir como concertino coprincipal de la Orquesta Filarmónica de Medellín