Los silencios de Natalia Valencia

En sus últimos años, la Orquesta Filarmónica de Medellín ha hecho un esfuerzo extraordinario por sacar los violonchelos y clarinetes del esmokinado gueto de la música clásica. Eso incluye experiencias musicales y audiovisuales de todo tipo. En una de ellas, la directora de cine Laura Mora, la compositora Natalia Valencia y el Coro Reconciliación se unieron para rendirles un homenaje a las víctimas de la guerra, un trabajo que busca darles nombre a tantos silenciados.

 

Por Simón Murillo Melo

Fotografías: cortesía Orquesta Filarmónica de Medellín

Hace algunos años, alguien empezó a hacer música. No había escritura y no se vivía mucho, pero algunas canciones probablemente sobrevivieron varias generaciones y así se fue formando una primera historia del mundo, a través de cuentos que fueron canciones o de canciones que fueron cuentos. Otro alguien se dio cuenta de que con un poco de dirección, dos o tres o cuatro o veinte pueden provocar algo que no lo hace uno solo.

Con el tiempo el mundo se transformó a nuestra medida. La escritura permitió el avance de los imperios y el legado de la música. Hubo reyes, administradores, soldados, patronos, universidades, músicos profesionales. Las orquestas de Haydn y de Beethoven probaron ser exitosas para cientos de oídos y se convirtieron en un producto de exportación. En Manaos hicieron una sala de ópera después de tumbar mucha selva y de matar a muchos. En la película, Fitzcarraldo sube un barco por una montaña porque quiere escuchar la voz de Caruso en Iquitos; en Auschwitz hubo una orquesta de mujeres para amenizar las labores del campo.

En Medellín hay muchas orquestas y la mayor de ellas es la Filarmónica de Medellín, Filarmed. Empezó hace 37 años en el garaje de Alberto Correa, un médico que pasó por el seminario y descubrió que amaba los cantos gregorianos. Hoy son 65 músicos, más los directores de orquesta y un amplio equipo administrativo. Semejante andamiaje requiere, por supuesto, de un montón de dinero. Pero como alguien se dio cuenta hace tiempo, la música solo existe si hay quien pueda escucharla. Más aún, las filarmónicas se construyen a base de un ritual que es tan social como artístico. El toque de la Filarmónica reúne a aficionados, políticos, empresarios que pagan por estar juntos y escuchar algo. O por lo menos, eso era antes de que la pandemia los escondiera.

El año pasado, la Filarmónica esperaba continuar su esfuerzo de varios años por salir de los grandes teatros y expandirse por la ciudad. Y a pesar de que conseguir plata fue dificilísimo, hicieron muchas cosas, algunas placenteramente improbables. En El Sinaí, el barrio que le dio la excusa a la alcaldía para usar la policía montada y el ejército, hicieron conciertos para oyentes enclaustrados a la fuerza y después montaron una serie de talleres; también hicieron conciertos de cámara afuera de los hospitales y hasta cursos vía Whatsapp con estudiantes en Urabá; transmitieron conciertos para el mercado global, una estrategia copiada en el planeta entero. Los músicos acostumbrados a sus audiencias locales se encontraron compitiendo con el todopoderoso establecimiento alemán, gringo e inglés. Los ya pobres ingresos que dejaba la boletería fueron reemplazados por nada en el streaming. Desamparada, la Filarmónica siguió.

Sus músicos montaron charlas virtuales con el público en la intimidad del hogar. El concertino Gonzalo Ospina entrevistó a una experta en musicoterapia, preparó una feijoada mientras hablaba de música brasileña e hizo un misterioso molde de pollo fosforito. Habló de música con Brigitte Baptiste y Andrea Echeverri y dictó un curso de música alrededor del boom latinoamericano.

Se hicieron virales por tocar afuera de hospitales y por un desafortunado solo de trompeta dentro de un avión de pasajeros. Se presentaron virtualmente en parques naturales, en una sucesión de inquietantes vídeos que solapan músicos virtuales sobre paisajes estáticos. En ellos parece como si el terror de la pandemia y sus distancias impuestas se hubieran tomado los ecosistemas que quedan.

También exploraron lo inmediato: una serie de conciertos en las Unidades de Vida Articuladas (UVA) buscó arrastrar la vía láctea a Manrique, Itagüí, Castilla; una pantalla de fondo que exhibía planetas, cometas, llamas solares y la expansión inexorable del universo acompañaba la presentación de una orquesta de cámara en vivo. En un año en que salir de la casa se convirtió en una aventura, escuchar a Haendel junto a una audiencia de vecinos entapabocados es un tipo de comunión que parece ya muy lejana. Tocaron virtualmente con Pala y Pedro Guerra, hicieron sesiones de música para planchar –Amanda Miguel, José José y Roberto Carlos en los instrumentos de Beethoven–, animaron cuentos infantiles y musicalizaron en vivo un documental de Juan Fernando Ospina sobre la pandemia en Medellín.

Voces de la memoria

A pesar de lo anterior, quizás el proyecto más interesante de Filarmed es el Coro Reconciliación, un esfuerzo conjunto entre la orquesta, una profesora de canto y quince coristas, que cuenta con la participación de algunos firmantes del Acuerdo de Paz y víctimas de la guerra. Aunque el año pasado fue difícil –varios de sus integrantes abandonaron la ciudad en búsqueda de trabajo recogiendo café y otros más en una mina en el Chocó–  se siguen encontrando virtualmente cada semana para cantar. No se habla del pasado, sino de las posibilidades del futuro. Marcela Correa, la directora, me dijo que el canto no es una facultad de la voz; es una de todo el cuerpo. Un grupo que ha afrontado la guerra cantando juntos a través de una pantalla, no pensando en las cuerdas vocales, sino en la esencia primaria de querer y poder decir algo. La pandemia ha separado orquestas, pero en un coro que canta a solas sobrevive todavía la extrañeza de ser escuchado.

Justamente, esta experiencia reunió a la directora de cine Laura Mora, la compositora Natalia Valencia y el Coro Reconciliación para un poderoso video titulado con timidez Homenaje a las víctimas, en blanco y negro, de apenas diecisiete minutos, repleto de cuerdas escalofriantes, una sucesión de rostros mudos y una única voz al final.

El Homenaje a las víctimas se ve a los miembros del coro sosteniendo pizarras. Los planos cambian ligeramente pero la imagen es casi idéntica: un rostro con un cartel, una y otra vez. La cámara se aleja, se acerca, las puertas, pasillos y ventanas del fondo se convierten en otras puertas, pasillos y ventanas; a veces la cámara persigue a una mujer de trenza gris, a veces cada corista parece un fantasma parado en la larguísima recepción de otra vida. El espectador se acostumbra a los rostros —una mujer de largo pelo negro, otra de labios alargados y cejas pintadas, dos hombres con un bastón, un niño— y, a la vez, porque la letra blanca de cada pizarra siempre está cambiando, nunca sabemos quién es quién.

Las pizarras solo contienen un nombre y una fecha: “Jorge Ortiz 16-06-2020 Barranco de Loba”; así aparecen también Pedro Yunda de Belén de los Andaquíes y Emilio Dauqui de Buenos Aires, uno con el 12-02 y otro con el 15-02, Eliécer y Felipe Gañán, ambos de Supía, ambos en el 04-02, Deiro Alexánder Pérez de Barbacoas en el 06-05, Gildardo Achicué de Toribío en el 19-04, Amparo Guejia el 10-01 en Caloto. Y así hasta que por la cámara pasan 236 nombres, algunos separados por unos pocos días, otros en un mismo día y con el mismo apellido, en Toribío, en Barbacoas, en Bogotá y en Santa Marta. Pueblos, ciudades, nombres y apellidos, una y otra vez.

Las cuerdas tiemblan como gritos imposibles, y los momentos de reposo, el tintineo ocasional de una campana, solo sirven para anunciar otro ataque. Varias notas son tocadas a la vez en la misma altura y el efecto resultante es una especie de brutalismo musical: sonidos comprimidos como el concreto; los pequeños espacios para respirar solo excusan el aumento de una tensión que parece que jamás fuese a liberarse. Después de doce minutos, el silencio lo suspende todo y llega una voz blanca, la voz de un niño. Luego vuelve el silencio, que es roto por un piano. El concreto se transforma en una marcha funeral hasta que los pasillos quedan solos, y en vez de letras solo queda una silla vacía.

El cine es de fantasmas, me dijo Mora. Las 236 bocanadas de silencio son sostenidas por muchos que no son ellos, ni se parecen. El video prefigura otro en el que los 260 mil nombres que ha dejado la guerra en Colombia se acumulan uno sobre otro, letras que sustituyen nombres, nombres que reemplazan cuerpos.

Sea Mozart componiendo para los nobles en el apogeo de la dinastía de los Habsburgo, o Beethoven componiendo para Napoleón y la prometida liberación de dinastías como los Habsburgo, o Penderecki y Pärt intentando musicalizar el terror del siglo XX, la “música clásica” carga con una nutrida tradición explícitamente política. Una obra de Natalia Valencia, 1987, parte de una anterior composición también suya, Réquiem, con la que se graduó de Eafit —Valencia fue la primera mujer en Antioquia en graduarse de composición— y que la Filarmónica tocó por primera vez en el 2007 —Valencia fue la primera compositora en Antioquia interpretada por una gran orquesta—, en el marco de la conmemoración de los veinte años del oscuro 1987. Filarmed le propuso que adaptara la pieza y ella aceptó.

Componer para vivir

Natalia Valencia es una mujer cuidadosa, pálida, de ojos extraños y hermosos y voz clara. Aunque su trabajo es dolorosamente político, durante mucho tiempo le rehuyó a la literalidad. “La contemplación vive en mí; a veces me pierdo en observar cosas que me evocan asombro y belleza: que un pájaro vuele, que una hormiga pueda cargar con su propio peso. Para mí es más importante escuchar que hablar: ¡por eso tenemos dos orejas y una sola boca!”. Ese respeto por el mundo se conjuga con una reticencia de hablar en primera persona. “Poner un título me daba mucha dificultad, porque ahí estaba siendo literal. Después de muchos años me he dado cuenta de que he tenido o que tengo una grave dificultad en mostrarme, en ser el centro de atención, en expresarme. Creo que he cargado mucho miedo en mi vida. Y la forma que he tenido para decir sin decir ha sido la música”. Y si Réquiem remite a un duelo anónimo, los cuatro dígitos de 1987 centran el horror en la intimidad de Valencia.

Ese año, un escuadrón, al parecer liderado por el propio Carlos Castaño, arremetió en un campero contra el garaje de la casa de Valencia, aproximadamente a las seis de la mañana. Le dieron cerca de cuarenta disparos a su papá, el senador de la Unión Patriótica Pedro Luis Valencia. Natalia tenía diez años, su hermano ocho. Ella vio a su papá aguantar los tiros antes de caer muerto en el suelo de la casa.

Pedro Luis era médico y daba clases en la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia. Había militado en el Partido Comunista durante muchos años hasta que se lanzó como suplente en la lista de la Unión Patriótica. Como la mayoría de izquierda de su generación, estaba acostumbrado al acoso de las autoridades, a las amenazas. En 1980, los militares lo encarcelaron gracias al Estatuto de Seguridad y cuando salió libre —Jesús María Valle fue su abogado— la cabeza de la Cuarta Brigada y posterior comandante de las fuerzas armadas, Harold Bedoya, le dijo: “Usted sale en este momento, pero usted se muere”. Valle, que denunció públicamente a Álvaro Uribe por vínculos con el paramilitarismo, sería asesinado años después. La justicia involucraría a Bedoya en el asesinato de Jaime Garzón, entre otros crímenes, y moriría en libertad.

El asesinato de Pedro Luis Valencia estuvo antecedido de meses de acosos y amenazas que no se suspendieron después de su muerte. Un hombre desconocido fue hasta la casa donde Natalia, junto a su mamá y hermano, se escondían, a preguntar por la familia, luego se montó en un carro policial a la vuelta de la cuadra. Como Pedro Luis Valencia, se estima que otros 4152 militantes de la Unión Patriótica fueron asesinados, desaparecidos o secuestrados por paramilitares y agentes del Estado en el genocidio político más cruento del hemisferio occidental. La extensión de la catástrofe de la familia Valencia, al igual que la de los otros más de cuatro mil militantes de la UP víctimas de crímenes, no es fácil de comprender, como tampoco lo es la de los cientos de hoy. A Natalia le partió la vida en dos: “Aún hoy me da muchísima dificultad hablar del asesinato de mi papá. Pero sobre todo me da muchísima dificultad hablar del asesinato de mi papá en singular. Pensarlo como lo que me pasó solo a mí o lo que le pasó a mi familia. Eso nos pasó a muchos, a muchos”.

Valencia había empezado a estudiar clarinete algunos años antes de la muerte de su padre. “Siempre me contaron que cuando estaba muy chiquita, yo le dije a mi papá: ‘Cuando sea grande quiero ser médico como tú’… y él inmediatamente me puso a estudiar música”. Después de su asesinato, la familia buscó asilo en Cuba, donde ella y su hermano entraron en el riguroso sistema de formación musical de la isla. El gobierno les dio una casa a dos cuadras de la playa y por la noche casi se alcanzaba a escuchar el rumor de las olas. En Cuba, Valencia estudió obsesivamente el clarinete y el piano; descubrió que podía ser feliz y que la sombra del asesinato la abandonaba por momentos; descubrió que no le tenía miedo a la oscuridad.

Intentó dejar el clarinete durante muchos años, aunque solo lo logró cuando ya llegaba a sus treinta. Pero siguió y siguió: “Estudiar música era tan normal como irse a dormir”. Cuando cumplió dieciocho se fue de la isla a estudiar composición a Brasil. Volvió a Medellín tres años después por su hermano menor, que estaba cada día más y más deprimido. “No podía vivir sin mi papá”. Y en un momento en que se quedó solo, dejó de hacerlo.

“Mi mejor amiga me dice: ‘Vos nunca hablás de lo que pasó’. Y me he dado cuenta de que es cierto. Ahora lo hago; no sé si con frecuencia”. Cuando volvió a Colombia era una extraña que había crecido en dos países diferentes y su lengua se movía en la intersección de ambas. Existía en medio de Sao Paulo, de La Habana, de Medellín. La sombra que devoró a su familia se extendía por el país, en Urabá, en los Montes de María, en Medellín. Castaño apareció dando explicaciones en noticieros, publicó un libro, sus sucesores controlaron el Congreso y quién sabe cuánto más. “Cada vez soy más consciente de lo atroz que fue la muerte de mi padre. Pero durante muchos años no hablaba de él. Me incomodaba que mi historia provocara un asombro que impidiese hablar”.

Escribió música para orquestas y a pesar de que dudaba de su talento, muchos reconocieron algo en ella. Publicó un estudio sobre un sonido: el aleteo de las aves al volar. Vuelo de pájaros, e hizo una obra orquestal con su investigación. Teresita Gómez tocó una pieza suya en París y Andrés Orozco dirigió una composición suya: Fanfarria a la vida y el silencio. En 2014 se convirtió en la teclista de Estados Alterados y fue profesora en la universidad de su papá. Durante un tiempo trabajó con un papel al lado del computador: “Poner todo el amor del mundo en cada nota”, e intentó esconder la rabia que la acechaba. Intentó permitirse la alegría, a pesar de que las noticias le recordaban, casi diariamente, la muerte de su papá.

Valencia no escribe sus composiciones pensando en el horror. Pero cuando las escucha después, descubre que ahí está su papá, ahí está su hermano, ahí está ella.

Laura Mora, quien es hija de un abogado asesinado por sicarios aparentemente ligados al paramilitarismo, me dijo que en Colombia todavía no se ha pensado lo que se fue, todavía menos lo que se es. Solo en 2020 se cometieron 83 masacres y el primer departamento de la lista es Antioquia. ¿Qué significa la música en un país que ha destruido tanto? ¿Es una oportunidad de sanación, el paso a una vida mejor? ¿O es la posibilidad de invocar una llamarada de dignidad entre la catástrofe? En el Homenaje a las víctimas de Valencia y Mora, no hay un intento claro de responder a ninguna pregunta; simplemente de enunciar, con la paciencia de la vida, todo lo que se ha perdido. Cuando la explosión de las cuerdas se detiene y el silencio lo rodea todo, cuando entra el niño a cantar, surge una suerte de obviedad convertida en oración. No una respuesta, no un lamento, sino algo más:

Soy hijo,

Soy todos los hijos que somos todos.

Soy tú, soy todos,

Soy hijo,

Todos somos hijos.

Mira que estoy vivo,

Mira que estoy vivo,

Mira que estoy vivo.

Soy hijo,

Soy todos los hijos,

Soy todos los hijos que somos todos.

 

 

 

Violín y viola, una historia familiar

“La música construye nuevas formas de percepciones de vida, es un ente transformador de sociedad. Nos permite tejer una relación armoniosamente con el otro”. Ana Rojas, violista Filarmed

Junto al contrabajo y el violonchelo, conforman la familia de la cuerda frotada. Violín y viola son instrumentos hermanos, comparten similitudes, pero también son diferentes. Por ejemplo, ambos tienen sus orígenes en Italia y en ambos se requiere un arco. Para la violinista Clara Rojas, la viola por ser un poco más grande que el violín, y al tener mayor proporción, tiene un sonido mucho más grave. Para la violista Ana Rojas, ambos instrumentos lucen similares, pero cuando se escucha su sonoridad de forma independiente se puede reconocer que la viola posee un sonido más melancólico y robusto, mientras que el violín es mucho más brillante. 

Una orquesta en casa

Clara y Ana Rojas son hermanas, las une la música y la pasión por los instrumentos de cuerda. Ana integra la Orquesta Filarmónica de Medellín desde 2004 y Clara desde 2006. 

Su historia en la música viene en la sangre; su abuelo tocó el tiple, su padre tocó la guitarra en la iglesia y a su madre le apasiona cantar; aunque ellos lo hacían de forma empírica, este ambiente las inspiró, y la mayor motivación provino de la Red de Escuelas de Música de Medellín cuando arribó a Manrique Las Nieves, el barrio donde nacieron. 

A mediados de los años ochenta, Manrique, ubicado en zona nororiental de la ciudad, estuvo permeado por el conflicto urbano y los altos índices de violencia entre los jóvenes. Las hermanas Rojas recuerdan que la música llegó al barrio para convertirse en un potente agente socializador y de paz, gracias al cual su familia encontró un refugio. “Llega la Red de Escuelas, cuando tenía 8 años, y mis papás ven una gran oportunidad de que nosotras, al igual que nuestros otros cinco hermanos, hiciéramos algo extra a lo escolar. Tener ese conocimiento y encuentro con instrumentos de cuerda nos despierta ese vínculo con la música”, explica Clara.

Lo que comenzó para ellas como un hobbie se convirtió en una pasión, su  razón de ser. Para Ana “era como tener una orquesta en casa”, porque ensayaban y practicaban en familia, “eso fue lo que hizo que nos sumergiéramos por completo en la música”, expresa la violista.

Esperanza y talento colombiano para el mundo

Clara y Ana recuerdan que uno de los momentos más inspiradores de sus vidas fue cuando a la edad de 14 y 16 años respectivamente, fueron seleccionadas además de  otros tres hermanos, para ser parte de la Gira de la Esperanza (2004), visitando ciudades como Cáceres, Valencia y Madrid, en España. En Roma tocaron en vivo para el Papa Juan Pablo II. “Nuestros padres nunca imaginaron que cinco de sus hijos viajáramos en una misma gira, fue un sueño hecho realidad. Este amor por la música nos ha llevado a conocer otras culturas, países, personas, y a construir una historia familiar alrededor de ella”, expresa con nostalgia Clara.

 

“Para mí la música es símbolo de unión familiar y despierta la sensibilidad. A pesar de las condiciones precarias de aquellas épocas, yo podría decir que nuestros padres asumieron un rol similar al de un director de orquesta, porque con la misma batuta concertaban a toda la familia con entrega, amor y compromiso”,  expresa Ana.

¿Un violinista puede ser violista, y viceversa?

Para ellas, apropiarse de un instrumento es hacerlo parte de su fisionomía, es una unión física, psíquica y sensorial.

“Tocar una nota en la viola, sí puedo, y hasta puedo hacerlo con el chelo”, asegura Clara; pero interpretar este instrumento, sacarle buen sonido o desarrollarlo en su totalidad, como lo logra con con el violín, no cree que sea posible. Ella se especializó en la Universidad de Antioquia para ser violinista, y “tendría que estudiar y profundizar con cuerpo y alma la viola”.

 

Por su parte, Ana Rojas, cree que sí, pero debe ser algo que se estudie con profundidad, “he conocido violinistas que tocan muy bien la viola, pero en cierta medida depende del compromiso que se tenga con el instrumento. Por ejemplo, en Estados Unidos, en las carreras de violín, les recomiendan hacer un semestre de viola para trabajar el peso del brazo derecho. Eso me parece importante, porque también ayuda a perfeccionar la ejecución del violín”. 

“No escogí el violín. Empecé a los 8 años y estaba muy pequeña, al igual que mis manos, y el único que se encajaba con mi fisionomía fue este instrumento. Creo que en realidad él me escogió a mí, luego fue un amor construido”. Clara Rojas

Ana destaca de su hermana su capacidad de liderazgo y su voz en el violín, “esta es una de las características de la personalidad de este tipo de instrumentistas, pero ella no lo hace desde el ego, sino desde su naturaleza”, expresa. 

Clara resalta de Ana su talento y el compromiso; el amor por la familia y su infinito don de servicio.

Bibiana Ordonez

Bibiana Ordónez entre notas, planos y rompecabezas

Bibiana Ordóñez es la primera arpista que tiene la orquesta. En su casa nadie aspiraba que fuera músico, como consecuencia resolvió ser delineante de arquitectura e ingeniería de la Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca. Desde temprana edad demostró habilidades para las actividades manuales, armar fichas, construir maquetas, delinear planos, ensamblar, incluso le apasionaba “ver todo un desorden para construir”. Pero siempre supo que le hacía falta algo a su vida, “lo que verdaderamente me llena el corazón” y en el segundo semestre contra todo pronóstico hizo su carrera en música en la Universidad Nacional. Bibiana recuerda que entre maquetas y partituras trascendía sus afanosos días de estudiante, pero con el compromiso de “hacer las cosas hasta el final” logró finalizar ambos estudios.

“Hacer las cosas hasta el final” también lo emplea en uno de sus mayores hobbies durante el confinamiento –armar rompecabezas- porque para la arpista tiene un efecto de calma y concentra toda su atención. “Hasta que no encuentro la ficha no paro; cuando la encajo siento que hago parte de un mundo. Para mí vivir en sociedad y hacer música son como armar un rompecabezas, porque a pesar de la diversidad de formas cada ficha es importante y al lograr ensamblarse todas cobran importancia, cumplen un objetivo y se manifiesta la armonía”, expresa Bibiana mientras enseña su rompecabezas de una orquesta, listo para enmarcar, del dibujante Guillermo Mordillo.

Dice que sus mayores fuentes de inspiración provienen de los más profundos sentimientos, de la relación con la naturaleza, de la luz del día, del calor y del contacto con los animales; es tanto así que convive con Manolo y Lupita, sus dos gatos, rescatados de las calles de Bogotá, y Colores, su perro, adoptado del Centro de Rescate y Adopción Canina Los Ángeles; lugar en el que es voluntaria y madrina de otros dos perros callejeros.

Su amor por la música inició a los 10 años de edad, quería piano o flauta pero ya no había cupo disponible en el Conservatorio de la Universidad Nacional de Colombia, “tocó arpa porque empieza por A” recuerda Bibiana cuando vio el instrumento de cuerdas pulsadas de primero en la lista, y con cupo disponible. A partir de ese entonces emprendió su vida y sus estudios en arpa alrededor del mundo. Por su talento y disciplina ganó varias becas para fortalecer sus conocimientos técnicos, en París, en el Conservatorio Regional Superior y en España, becada por la Agencia Española de Cooperación Internacional con la arpista Miriam del Río de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, entre otras.

Bibiana Ordóñez

Ha tenido la oportunidad de trabajar en la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia, Orquesta Filarmónica de Bogotá y Teatro Ópera Nacional de Chile, y en la Orquesta Filarmónica de Medellín hace parte de su planta oficial desde 2013. Bibiana desde 2009 imparte clases de arpa todos los lunes a cuatro estudiantes de la Universidad Nacional de Colombia, que durante el confinamiento lo ha hecho desde la virtualidad.

El contrabajo

El contrabajo: del ostracismo a la fama

“El contrabajo es, con mucho, el instrumento más importante de la orquesta (…) forma toda la estructura básica orquestal sobre la que debe apoyarse el resto de la orquesta”
El contrabajo de Patrick Süskind.

Al hablar del contrabajo es común encontrar comentarios que señalan que durante mucho tiempo el ha tenido un trabajo, sobre todo, de apoyo en las orquestas. Que todo se debe a su origen, que era complicado su manejo, que grandes exponentes de la música académica optaron por relegarlo y que al final fue la música popular —sobre todo, el jazz— la que le dio un lugar preponderante.

La de este instrumento es una historia larga y llena de experimentación hasta llegar al de hoy en día. Su origen se remonta al siglo XVI, en pleno auge del Renacimiento, una época que, entre otras cosas, dio pie a la experimentación en la creación de instrumentos musicales, entre los que se encuentra el violone, un instrumento de gran tamaño, con cuerdas de tripa —lo que dificultaba su interpretación.

El violone, con el paso del tiempo, sufrió varias transformaciones, entre las que se cuentan la cantidad de cuerdas hasta sus dimensiones. Además, también fue relegado como un instrumento de acompañamiento, mientras que otros, como el violín y el piano, se llevaban el protagonismo.

 

El jazz y el contrabajo

Aun así, el contrabajo entre los siglos XIX y XX tuvo un fuerte impulso. Empezó a ser visto como un instrumento que, además de acompañante, tiene cualidades de solista. Así, distintos compositores ampliamente reconocidos, escribieron conciertos para el mismo. Es el caso de Serge Koussevitzky (cuyo concierto para contrabajo escucharemos esta noche), Franco Petracchi, Ludwig Streicher, Klauss Stoll, entre otros.

Pero ese reconocimiento también se debe a un género alejado de la música académica y que surgió, a mediados del siglo XIX, en los campos de esclavos en Estados Unidos: el jazz. Contrabajistas como Jimmy Blanton y Slam Stewart —quienes tocaron, respectivamente, con Duke Elllington y Benny Goodman— tuvieron un impacto en la forma en la que se interpreta este instrumento para darle más protagonismo en la música.

En palabras de Eduardo González, profesor de música en Eafit y contrabajista de la agrupación colombiana Puerto Candelaria, “el contrabajo en el jazz y la música popular tiene una función acompañante, pero también solista. Le entregó una posición muy relevante. En la música clásica, el contrabajo ha tenido una función acompañante, aunque del romanticismo en adelante se han escrito conciertos y sonatas”.

Así, el contrabajo se ha ganado el reconocimiento que durante siglos le fue negado, llegando incluso a la literatura gracias a autores como el alemán Patrick Süskind, con El Contrabajo, y el cuentista ruso Antón Chéjov, con Historia de un contrabajo. Y aunque Christoph Wimmer —contrabajista austriaco— asegura que por la propia historia del instrumento ha estado “algunas veces en la sombra de la orquesta”, concluye que esa imagen ha cambiado, pues se sabe que “el contrabajo puede sonar hermoso”.

Educación Musical

Fortaleciendo comunidades a través de la educación musical

“La música sinfónica es un medio de expresión sin utilizar las palabras, es una forma de conocer otras culturas, otros ambientes. La música expone todas las emociones de nuestro interior, es el lenguaje universal, es la liberación del alma”.
Mariana, alumna del programa Jornada Escolar Complementaria

La historia cuenta que Hansel y Gretel son abandonados por su madrastra en el bosque; hambrientos se encuentran una deliciosa casa hecha de azúcar y bizcocho. La tentación los lleva a caer en la trampa de una bruja convertida en anciana que aparentemente es muy noble, desde ese momento los hermanos se unen para tratar de salvar sus vidas, lo logran con éxito.

El cuento de los hermanos Grimm que hemos escuchado, es un claro ejemplo de fraternidad, colaboración, trabajo en equipo, ingenio y creatividad, comportamientos que ayudan a minimizar las dificultades y los retos que se presentan día a día. Es así como la ópera del compositor alemán Engelbert Humperdinck inspirada en el cuento de los hermanos Grimm ha servido como insumo para fortalecer desde la virtualidad la formación integral de 122 estudiantes a través del programa Jornada Escolar Complementaria – JEC de la alianza Filarmed – Comfama. El programa hace énfasis en el desarrollo de los valores, las habilidades para la vida y el trabajo en equipo a través de la práctica musical; las jornadas se realizan dos veces por semana y benefician a niñas, niños y jóvenes entre los siete y los diecisiete años de edad. El programa se desarrolla a lo largo de todo el año académico y fue creado para nivelar desigualdades entre la educación pública y privada, entre contextos urbanos y rurales.

“2020 fue un camino de muchos aprendizajes, sobre todo trascender de la presencialidad a la virtualidad. Así cobra un nuevo significado la interacción con los alumnos, conocer más de cerca sus inspiraciones y motivaciones. Con los estudiantes trabajamos dos horas de actividad sincrónica, conectados desde plataformas de Filarmed, y tres horas de actividad asincrónica, consiste en práctica y ensayo desde la casa”, explica Claudia García Giraldo coordinadora educativa de Filarmed.

Mariana es alumna de JEC, tiene dieciséis años y actualmente cursa su último grado de bachillerato en la Institución Educativa La Paz del municipio de La Ceja. Paralelo a su educación dedica tres horas semanales a ensayar con su instrumento. “Primero adelanto mis tareas del colegio, luego estudio mi libro de partituras, investigo sobre el compositor e interiorizo. Así entro más fácil a la interpretación.”, explica Mariana apasionada por el piano desde los cuatro años de edad cuando al acompañar a su madre a un curso de costurero escuchó en otro salón un piano y un coro, en ese momento para ella “la música y yo nos conectamos”.

Con su filosofía basada en el aprendizaje desde el ensamble, el programa ofrece una oportunidad de vincularse a una actividad extracurricular que refuerza el sentido de comunidad y garantiza mecanismos para la libre expresión, disminuyendo la probabilidad de vinculación a actividades ilegales o potencialmente dañinas.

Educacion musical

Con su filosofía basada en el aprendizaje desde el ensamble, el programa ofrece una oportunidad de vincularse a una actividad extracurricular que refuerza el sentido de comunidad y garantiza mecanismos para la libre expresión, disminuyendo la probabilidad de vinculación a actividades ilegales o potencialmente dañinas.

Durante el confinamiento el programa se ha visto en la obligación de implementar una educación totalmente virtual. “Nos hemos encontrado con algunos retos, muchos estudiantes no poseen una buena señal o conexión de datos para conectarse en las clases. Por eso, hemos decidido implementar un modelo que involucra diferentes herramientas tecnológicas como correo electrónico, chat o WhastApp para compartir videos pregrabados y de esta forma no perder el vínculo con los estudiantes”, explica Claudia.

La música juega un papel fundamental en estos tiempos de pandemia, conecta la creatividad, la transformación y la innovación, “para los alumnos que no poseen instrumentos en casa todo el trabajo de ensamble y ejecución lo hacemos a través de la voz, cantando, y la percusión corporal, creando sonidos y ritmos usando únicamente partes del cuerpo. Para el caso de Manuela y otros estudiantes que poseen instrumentos, les brindamos asesoría y conocimientos para mejorar sus prácticas musicales”, destaca Claudia.

Así como desde el oriente antioqueño Mariana explora las posibilidades de su instrumento, desde el occidente antioqueño Felipe de once años de edad, disfruta la práctica musical. Él cursa sexto de bachillerato en la Escuela Normal Superior “Genoveva Díaz” del municipio de San Jerónimo y sueña algún día en convertirse en músico y arquitecto. “La música me parece muy bonita, me da alegría, y mucha emoción porque hay canciones que se hacen con todo el corazón. Me gusta el violín, pero toco la guitarra acústica; practico todos los días en las tardes en compañía de mis padres”, explica Felipe.

El programa cuenta con la participación de los profesores Jonathan Arias (guitarra) y Beatriz Loaiza (fagot). “La música mueve emociones, estos tiempos de pandemia nos han generado estados de ánimo vulnerables y frágiles, es allí donde la música juega un papel muy importante, porque incide en esas emociones de una forma esperanzadora y positiva. En JEC buscamos la formación integral, propiciamos además de las destrezas artísticas también habilidades para la vida como el conocimiento, la comunicación interpersonal, el pensamiento crítico y creativo, la solución de problemas y conflictos, entre otros temas que son necesarios en la formación de los estudiantes”, explica Jonathan, quien hace parte del programa desde marzo de 2019.

Educacion musical

Otro de los retos en la formación de Filarmed es tener más cobertura para llegar a nuevas personas, y conocer otros modelos educativos, “los alumnos nos han manifestado que las clases de música con Filarmed son los únicos espacios en los que pueden interactuar con otros niños, ya que el confinamiento ha imposibilitado asistir a sus habituales salones de clase”, afirma Jonathan.

La Jornada Escolar Complementaria abre una ventana al pensamiento creativo, a la escucha activa y permite entender otro tipo de lenguajes artísticos que resignifican su interacción humana.

Mariana y Felipe, al igual que otros estudiantes comparten un sueño en común: convertirse en músicos algo que para ellos aporta a su crecimiento personal y profesional.

 

La mejor orquesta del mundo

¿La mejor orquesta del mundo?

Cuando se anunció que en un concierto de la Temporada 2019 el solista sería Stefan Dohr —principal de corno de la segunda más importante orquesta del mundo— no era una exageración ni un truco publicitario. Que la Orquesta Filarmónica de Berlín es la segunda orquesta mundial se soporta en el criterio del medio musical especializado más relevante en la actualidad: Gramophone.

Desde 2008, la revista fundada en Inglaterra en 1923 por el escritor escocés Compton Mackenzie, se ha dedicado a la tarea de escoger las veinte orquestas que merecen el título de las mejores. Esta tarea se encarga a un panel compuesto por los críticos de medios como New Yorker y Los Angeles Times (Estados Unidos), Die Presse (Austria), Le Monde (Francia), Die Welt (Alemania), De Telegraaf (Holanda) y las filiales china y surcoreana de Gramophone.

Y no es solo quiénes eligen, sino cómo. Para hacerlo, ha explicado la publicación británica, “nos hemos limitado a comparar orquestas modernas, pero, aparte de esto, es una comparación abierta. El panel ha considerado la pregunta desde todos los ángulos —juzgando tanto los conciertos como las grabaciones, su contribución a las comunidades locales y nacionales y la habilidad de mantener un estatus de icónico en un ambiente cada vez más competitivo”.

Hay que decir que el de Gramophone no es el único ranking que busca responder una pregunta que lleva consigo una fuerte carga subjetiva. Aun así, las orquestas que son allí mencionadas se pueden reconocer por su historia y trabajo para mantener vigente la música clásica.

Las mejores orquestas del mundo, según Gramophone

 

  • Royal Concertegebouw (Holanda)

    Liviu Prunaru con Filarmed, marzo de 2019

  • Filarmónica de Berlín (Alemania).

    Stefan Dohr con Filarmed, agosto de 2019

  • Filarmónica de Viena (Austria)

    Christoph Wimmer con Filarmed, septiembre de 2019

  • Orquesta Sinfónica de Londres (Inglaterra).

    Peter Moore con Filarmed, octubre de 2019

  • Orquesta Sinfónica de Chicago (EE.UU.).

    Cynthia Yeh con Filarmed, junio de 2019

  • Orquesta Sinfónica de Radio Baviera (Alemania).

  • Orquesta de Cleveland (EE.UU.).

  • Filarmónica de Los Ángeles (EE.UU.).

  • Orquesta del Festival de Budapest (Hungría).

  • Orquesta Estatal Sajona de Dresde (Alemania).

 

 

Música de cámara

La riqueza de la música de cámara

La pandemia ha impedido que muchas orquestas puedan reunirse completas en un mismo escenario, lo cual ha implicado tener un rigor artístico mucho mayor y redistribuir la orquesta para trabajar múltiples formatos como los grupos de cámara.

La música de cámara es aquella compuesta por un reducido grupo de instrumentos, en contraposición a la música de orquesta. Generalmente no requiere de director. Los músicos deben estar situados de manera que puedan mirarse entre sí, para lograr una mejor coordinación. El término de cámara viene de la palabra “habitación”, pues en su origen era música para ser ejecutada en una habitación, y no en una gran sala de conciertos. Por lo general van hasta un máximo de veintitrés músicos. Música clásica, y también jazz, rock, tangos, música americana, colombiana y otros ritmos pueden interpretarse en esta experiencia cercana y acogedora.

Para el maestro Jorge Pinzón, compositor residente de Filarmed, es mucho más exigente la música de cámara por cuanto cada instrumentista se ve más expuesto ante el reducido ensamble. “La calidad del sonido, la densidad, la articulación de pasajes, así como la interpretación musical en general debe contener una gran eficacia y velar por una máxima precisión en la ejecución”, explica Pinzón.

Uno de los primeros ejemplos de lo que hoy día se identifica como música de cámara apareció en Inglaterra a finales del siglo XVI y principios del XVII. En esa época se escribió una gran cantidad de música para grupos de cuatro a siete violas, conformando lo que se llamaría viol consort o conjunto de violas. Por otro lado, durante la época del renacimiento, bajo el reinado del Rey Francisco I que obligaba a los músicos a tocar dentro de su habitación, los denominados “Chantres de la chambre”. Este estilo también fue heredado por la mayoría de compositores como Mozart y Beethoven, y llevado a su máxima expresión y calidad de la mano de Brahms, en el siglo XIX.

Música de cámara

¿Qué diferencia existe entre la música orquestal y de cámara?

La diferencia entre estas dos agrupaciones radica en que la música orquestal está determinada por familias instrumentales, es decir, la conformación de maderas, metales, percusión y cuerdas, en las que en cada familia se pueden duplicar los mismos sonidos, mientras que, en las agrupaciones de cámara, cada instrumentista contiene partes independientes, lo cual conlleva a una mayor responsabilidad.

“Las oportunidades que obtiene el músico camerístico es que requiere de una mayor concentración, de una mayor precisión interpretativa, y esto hace que el nivel técnico musical sea más eficaz y productivo al momento de integrar una orquesta sinfónica”, afirma Jorge Pinzón.

Panorama actual

La música de cámara hoy en día juega un papel relevante en nuestra sociedad ya que permanentemente se enriquece el nivel técnico, y por otro lado, se incrementa el repertorio camerístico y la producción musical de nuevos compositores. “Tanto para el intérprete como para los compositores es de suma importancia ser partícipes de estas nobles agrupaciones, que cada vez proliferan de manera ejemplar, exaltando el panorama musical de nuestra sociedad”, añade el maestro Pinzón.  

Músicos de cámara
Mozart

Mozart, el trabajo más allá del mito

Al físico Albert Einstein es a quien se le atribuye la frase “como artista y como músico, Mozart no era un hombre de este mundo”.
Es apenas entendible la admiración que en todo el mundo, durante los últimos siglos, ha generado el compositor austríaco que, en poco más de 30 años, escribió decenas de obras —muchas de ellas habiendo trascendido la música sinfónica para convertirse en parte de la cultura popular—

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Cantos por la paz

Lamentos de víctimas que se convierte en cantos por la paz

Para entender las transformaciones que genera la música en las comunidades, es indispensable saber qué papel juega la música como práctica social. Desde una perspectiva sociológica, Hormigos Ruiz (2012) nos presenta una definición de la sociología de la música basada en teorías clásicas.

La música le otorga a la verbalización un componente emocional y corporal adicional, el cual promueve las relaciones sociales. Hormigos Ruiz, parafraseando al sociólogo Georg Simmel, afirma que: 3

“El canto, el baile y la música instrumental surgen naturalmente de los sentimientos más universales y más vehementes: de un estado de alegría o de tristeza, lo que nos puede llevar a pensar que todos somos músicos pre existenciales, ya que existe una relación entre el hablar y el caminar y el cantar y el bailar. Se trata sólo de oír el ritmo y la melodía de nuestros estados anímicos”

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